El camino como metáfora

¿Por qué caminamos y no optamos por quedarnos sentados en un aula, en la terraza de una cafetería o en un parque de la ciudad? ¿Por qué queremos salir a la naturaleza y hacernos entre cuatro y seis horas por bosques, campos, collados y cumbres? ¿Qué tiene el caminar que tanto le deseamos y buscamos? Razones hay varias; desde las físicas a las sociales pasando por las psicológicas, pero existe una especialmente importante y profunda; su simbolismo.

El camino es una metáfora y una metáfora es un recurso del lenguaje que nos permite hablar de una cosa hablando de otra. Y para ello utilizamos símbolos que son como los túneles que conectan un valle con el otro.

Así, al andar por senderos y pistas podemos hablar de la vida, con todos sus matices, sin hablar directamente de ella, especialmente de aquella vida dolorosa de la que no podemos o no queremos hablar.

Los paisajes, con sus elementos, colores y perfiles; las formas de los caminos, estrechos o anchos, de tierra o de asfalto, senderos boscosos o carreteras antiguas con el asfalto quemado por el paso del tiempo; los ritmos del andar, lentos o rápidos, forzados o ligeros; la compañía, la propia o la de otro, en solitario o en grupo; los seres vivos que acompañan a la travesía, desde los más grandes y conocidos hasta lo que viven en el aire que se respira; la calidad de ese aire; los horizontes que se perfilan abruptos, planos, brumosos o amenazantes.

Todos estos elementos juegan en un plano físico, pero también psicológico, simbólico y existencial. Todos se ofrecen como recursos para hacernos saltar entre dimensiones de la realidad distintas; las que están en el momento presente y las evocadas por la memoria, las que son tangibles y las que son inmateriales.

De esta forma podemos re-experimentar los caminos estrechos que hemos hecho cuando éramos pequeños, en medio de peleas familiares de oscuras sombras, o los horizontes oscuros de las crisis y los claros en las nubes después de la tempestad. Sin decirlo, podemos sentir el calor de la compañía que tan bien nos hacía en la soledad, o el agotamiento después de días y semanas con turbulencias.

Por tanto, caminando reflexionamos, es decir, volvemos a nosotros mismos/as, a nuestro mundo interno, a pesar de que las apariencias hagan creer que uno se mueve por la exterioridad. Volvemos a lo que somos: almas peregrinas por este mundo de densidades, Recordando quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos.
Se hace el camino al caminar…