Caminar para volver al Centro

Breve historia…

El otro día, un joven de 23 años, con una actitud muy honesta y directa, me preguntó: ¿pero vosotros, realmente qué hacéis en las rutas? 

Me quedé unos segundos en silencio, dubitativo porque sentí que ese joven no quería una respuesta prefabricada, sino una respuesta sincera, clara y veraz. Así, me obligó a salir del piloto automático. Finalmente, le respondí: caminamos hacia el centro. 

De entrada, su reacción fue de cierta perplejidad e incomprensión, pero algo le resonó dentro. Continuando con su actitud directa y honesta, me replicó; ¿Y eso qué quiere decir?». 

Quiere decir que la ruta que hacemos, los paisajes que atravesamos, las relaciones que se dan al grupo, las actividades y ejercicios… todo son un medio para habitar un espacio interno donde encontramos serenidad, integridad, sentido y, en definitiva, un centro desde el que sortear los continuos vaivenes del día a día. 

… Para volver al centro

Esta historia refleja un anhelo y una necesidad que el ser humano ha tenido desde tiempos remotos: vivir desde un centro de gravedad permanente, como cantaba el músico italiano Franco Batiatto, desde el que la vida cobre sentido y plenitud. 

La realidad ordinaria en la que todos vivimos está dominada por la impermanencia y los cambios. Esto es un hecho y siempre ha sido así. La cuestión es que desde hace algunas décadas, estos cambios son cada vez más intensos y rápidos y hay menos capacidad para integrar y digerir. La imagen de miles de pollos enjaulados comiendo pienso todo el día para engordar y ser sacrificados lo antes posible para generar alimento no está muy lejana de nuestras vidas humanas. 

El mundo se está acelerando y no nos detenemos para descansar. La consecuencia directa es el aumento de los malestares psicoemocionales y el empeoramiento de la salud mental . La consecuencia más profunda y grave es que cada vez estamos más separados de nuestro centro. Cada vez cultivamos menos ese estado de conciencia unificada, atemporal y llena hasta el punto de que ya muchas personas, como ese joven de 23 años, no sabían ni a qué me estaba refiriendo cuando le respondí que caminamos hacia el centro.   

Así, caminamos por llegar a ese Centro, habitarlo y volver de nuevo a casa con el corazón lleno y las fuerzas renovadas para movernos en esta realidad de permanente impermanencia.